¡Hola Jesús!
Señor, ya me conoces de sobra. Soy un joven que vive en este mundo denominado por su alta tecnología de precisión. Las palabras que lanzan los distintos medios de comunicación inundan de mentiras tu universo. Estamos viviendo la época de la palabra oral e icónica más que la escrita, que también se da, por supuesto.
Mi mundo joven está harto de palabras sin sentido, palabras soeces, bajunas, palabras halagadoras y mentirosas como la hiel. En mi mismo grupo se estila mucho y hasta está de moda el cumplido, el disimulo, el quedar bien ante todos. La apariencia es el bien supremo. ¡ Vaya tela!
Pienso en tus palabras del salmo y me quedo anonadado. " La lengua es nuestra fuerza, nuestros labios nos defienden,¿ quién será nuestro dueño?"
Los jóvenes con los que salgo, en pandilla, se ufanan por hablar mucho. El silencio les quema por dentro. Cuando hay algunos instantes de silencio, en seguida sacan sus auriculares para oír música. No aguantan unos momentos en silencio. No lo soportan. Si están en casa, en lugar de hablar con la familia y hacer tertulias familiares, cada uno va viendo la TV mientras come. Al terminar, todos se van a ver la televisión, la dueña y la educadora de casa. De tonta no tiene nada. Fíjate que ocupa el centro de la sala de estar, lugar de preferencia.
Y si la TV es un tostón, se conecta la radio y los 40 principales para aplacar el silencio molesto. No saben en qué pensar. Las emisoras de radio, por otra parte, son llamaradas de palabras sin sentido muchas veces. Me revientan, Señor, los labios embusteros, egoístas y altaneros.
En este mundo singular y pletórico de ruidos y de palabras no sé qué hacer. Estoy habituado a tu Palabra eterna, a tu Palabra de vida, a tu Palabra que encierra verdades entrañables. Y, cuando me encuentro ante situaciones como la actual, me siento mal.
Es entonces, Señor, cuando cierro mis labios y mis oídos para no escuchar palabras que ofenden la modestia de la joven bella y elegante del baile, la que va por la calle ondeando al viento sus cabellos sueltos y sus atributos- obra tuya- con toda finura. Bueno, Señor, la verdad es que también las hay que, en lugar de enseñorearse con sus cualidades femeninas, provocan al joven o viceversa.
Estoy harto y cansado de tanta palabra vacía. Me encantan tus palabras, Señor, porque crean vida nueva en mi ser. Tus palabras se encarnan dentro de mí y me hacen pensar, meditar y sentirme como flotando por este ambiente tan hostil y mentiroso.
"Tus palabras son auténticas...refinadas siete veces".
Ante ellas me detengo cada día al comenzar la jornada, cuando participo de tu Eucaristía, la gran parábola de unidad entre los creyentes católicos.
El otro día me dijeron palabras lisonjeras para llevarme a una fiesta. Prontamente capté la intención de mi interlocutor. Sin mediar rodeos, le dije: No cuentes conmigo. No iré a ese sitio de falsedad e hipocresía. Mi buque insignia es la autenticidad, contraria, por otra parte, a tu modo de pensar y de vivir.
Déjame tranquilo, por favor. ¡Hay tantas cosas buenas que hacer en la vida ¡ No pienso perder el tiempo en tontadas.
Viendo mi actitud valiente y humanamente coherente, me dejó en paz.
Gracias, Señor, por tus Palabras que tienen valor y dimensión hasta la misma vida eterna. Ya sabes que no soy ni mejor ni peor que ellos o ellas. Pero no aguanto la palabrería y la mentira dichas con tanta facilidad e hipocresía.
Un abrazo fuerte
David, 20 años

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