22)¡Hola Jesús!
Hoy te voy a hablar en mi carta de mi ciudad. No me gusta mucho a pesar de eso que dicen que cada uno ama mucho a su terruño. A mi me gusta ser universal, ecuménica. Todo lo bello que exista en cualquier parte me llama la atención. Tus obras y las humanas, reflejo de las tuyas, están esparcidas por todas partes del universo.
Mi ciudad la encuentro habitada por tres palabras: violencia, sexo y sangre. Los medios de comunicación social la tienen invadida por estas tres realidades que, de ninguna manera, la engrandecen ni la hacen más habitable.
Tú fuiste a Jerusalén, la ciudad por excelencia de toda la Biblia, y encontraste en ella hipocresía, marginación y muchos males. Ya ves que no hay nada nuevo en mi carta. Pero quiero desahogarme esta mañana contigo a raíz de que estoy meditando el Salmo 54: "Veo en la ciudad violencia y discordia; día y noche hacen la ronda sobre sus murallas; en su recinto, crimen e injusticia; dentro de ella, calamidades; no se apartan de su plaza la crueldad y el engaño".
La violencia salta en las discusiones de la gente; hay peleas en las calles; luchas entre jóvenes que toman materialmente unas calles para divertirse a base de alcohol, bailes ruidosos y algunos con la droga y erotismo poco enriquecedor y hasta sexo programado como un rito en estos lugares. Hay, de vez en cuando , algaradas, manifestaciones, sirenas de la policía con sus coches para poner orden. Se queman coches, casas, se roba para tener dinero y emplearlo para la droga. La gente grita que no hay seguridad. Los niños pequeños sufren en su sueño de ángeles los disparos o el ruido de la motos corriendo a toda pastilla.
Si dejas las calles intransitables y de adentras en el cine, hay muchas películas que exaltan la violencia. Se mata como un placer demoníaco. La agresividad aflora en cualquier plano, escena o secuencia de la película. La pornografía, en la sala X, brinda un sentido de la relación humana ausente de amor. Es pura animalidad, pero sofisticada y elevada al mayor grado de perversión y degradación. Hay gente enferma, obsesa y no se da ni cuenta. Todo es normal en mi ciudad. Para algunos no hay referencias morales, éticas y religiosas. Manda lo que pida el cuerpo. Todas sus apetencias son buenas.
Hay, menos mal, otras películas,- escasas – que ofrecen temas humanos tratados con una técnica y un arte dignos de todo encomio. Pero son raras en medio de la floresta de pantallas existentes en mi ciudad.
La violencia engendra más violencia. Y hay espectadores que buscan calmar la agresividad que llevan dentro con este cine. Es para ellos una catarsis. Necesitan impactos fuertes, terroríficos.
Ese es el aspecto negativo de mi ciudad, aunque tristemente muy real. Dentro y fuera de ella habitan y viven también gente buena. Hay preciosos monumentos, jardines amplios para respirar el aire menos contaminado e iglesias a las que acude bastante gente para serenarse con la paz interior que tú, Señor amigo, les das.
Veo que abren sus puertas muy temprano para que tus creyentes puedan visitarte antes del comienzo de la jornada de trabajo. Los veo concentrados ante tu altar o bien recibiendo tu Cuerpo y tu Sangre, alimento que les fortifica en la lucha diaria en mi ciudad.
Hay jóvenes que hacen su plegaria matutina y vespertina sin llamar la atención. Muchos de ellos se han apartado de tu iglesia- institución, pero en sus corazones te siguen orando con amor y con el compromiso de mejorar su hábitat.
Mi ciudad me encanta, por qué no, cuando cambian las estaciones. La melancolía del otoño dorado da paso al invierno frío, a la primavera florida y al estío reseco por el sol.
Y dentro de la ciudad, Señor, está mi casa, abierta a tu influjo y a la acogida de amistades que vienen a vernos. Es el lugar en donde reina el amor flotando por las paredes; la relación íntima entre padres e hijos. Incluso, en uno de esos días en que me sentí muy cercano de ti, le dije a mis padres que pusiéramos tu cruz y la imagen de tu madre para rezar cada mañana y cada noche antes de empezar el día y al acabarlo. Son los momentos mejores del día. Leemos una página de tu Evangelio, lo comentamos cordialmente y, tras unos minutos, nos besamos y nos vamos al descanso.
Así, al despertar el día ya pienso en ti como mi amigo liberador. Sé que durante este nuevo día tengo que luchar contra la violencia con las armas de mi atención y de mi cariño. Ya ves, Señor, que no es muy habitable mi ciudad. Me gustaría formar un pequeño o gran ejército joven para anunciar a todos la felicidad de quienes siembran paz, amor y alegría en lugar de violencia, sangre y sexo barato degradante.
Gracias, Señor." Te encomiendo esta mañana mis afanes para que tú les des consistencia en mi ciudad".
Un abrazo fuerte de Loli, 16 años

1 comentarios:

Anónimo dijo...

esta hermosa esta carta

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