Juan era un mendigo que se tenía por el último de todos. “No valgo nada!!!”, solía repetirse a sí mismo. “Soy un inútil, un parasito, nadie me querrá jamás”.
La única cosa deberás, llamada suya era la sucia y vieja vasija de pedir, que jamás apartaba de su lado y que constantemente ponía delante de todo el que creía que probablemente le daría dinero. A veces lo hacía tímidamente, del todo consciente de sus debilidades.
Otras veces la ponía descaradamente delante de ciertas personas, especialmente si sentía envía de ellas.
Esto lo sentía con frecuencia por lo cual experimentaba experimentaba satisfacción más que vergüenza en aceptar la caridad.
A menudo entraba a las tiendas, pidiendo a dueños y clientes indistintamente que le dieran una limosna.
Un día entro en una tienda de objetos curiosos y puso su pesada y vieja vasija de mendigo ante las narices del propietario.
“Por favor, se lo ruego, tenga compasión de mi, solo preciso para un pedazo de pan, tengo hambre, tenga piedad e mi “.
El dueño se queda mirando la sucia vasija del mendigo.
Por último se la tomo a Juan, diciendo: “deja que examine más de cerca esa vasija tuya”.
“Por favor, señor”, exclamo Juan, “démela…. Es lo único que poseo”
“Solo un minuto, le interrumpió el dueño de la tienda”, “eres un mendigo, tienes más que yo”
“Por favor, Señor, no se burle de mi, solo deseo…….”
“Lo digo enserio, tú no eres pobre, esa vasija tuya tan grande ¿Por qué no la vendes?
“Es de oro macizo.”

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