¿Por qué una meditación sobre las vocaciones justo después de terminar la semana de oración por la vocaciones oblatas y las varias jornadas de la Iglesia al respecto? Porque el tema salió en la preparación de mi informe para el Capítulo General. También acabo de regresar de un encuentro de religiosos sobre Europa, y varios participantes subrayaron este punto con alguna insistencia. Pero, ¿de qué se trata exactamente? La cuestión se puede formular simplemente así: ¿qué tenemos que hacer como religiosos y como oblatos, para atraer vocaciones en el mundo occidental?

Esta pregunta puede provocar ciertas reacciones. Algunos pedirán tal vez que se aclare la palabra “vocaciones” más exactamente, y que ante todo se diga bien que todo bautizado tiene una vocación. Y es cierto, no podemos fijarnos sólo en las vocaciones a la vida consagrada (sacerdotes, religiosos, etc.). Hoy más que nunca es importante hablar de la llamada básica a la fe en Cristo porque es ésta misma fe la que se encuentra en crisis. Otras reacciones harán notar que las congregaciones religiosas no deberían preocuparse excesivamente de su supervivencia; es más bien la misión y las grandes necesidades del mundo lo que tiene que figurar en primer plano y no nuestros problemas internos. Comentarios como éstos expresan aspectos esenciales del tema de las vocaciones y se deben tomar en serio. Ya no vivimos en una época en la cual pudiéramos imaginar una Iglesia en la cual los clérigos y religiosos tengan que hacer casi todo, y tampoco es el momento de promover un repliegue sobre intereses institucionales.

Por otro lado, creo que sería una falso escapismo si como religiosos y en concreto oblatos quisiéramos evitar la cuestión de las vocaciones a nuestra congregación en el mundo occidental. ¿Cómo se presenta la situación? Primero tenemos que decir que gracias a Dios que hay vocaciones, aunque sean pocas: dos en un país, cinco o seis en otro, etc. Segundo, debemos constatar que en algunos países que antes tenían muchos oblatos no ha habido vocaciones por años y años. Tercero, conviene darse cuenta que la situación es dramática; si no hay cambio, la mayor parte de lo que hoy es visible como presencia oblata habrá desaparecido mañana.

En la práctica, ¿cómo reaccionar? Hemos descubierto pistas válidas que pueden ayudar en estos tiempos de escasez vocacional, y las veo sin más como grandes oportunidades que nos ofrece el Espíritu Santo. La primera pista son los laicos asociados; siempre hay más cristianos que asumen con entusiasmo el carisma y la misión oblatos. Otro camino que se abre es la venida de oblatos de otros partes del mundo. Unos cuantos, digamos veinte o treinta, ya se han incorporado en las comunidades misioneras de occidente y aportan nuevas energías. ¡Hay que proseguir por estos caminos! Sin embargo, no por eso podemos esquivar nuestra cuestión. La misión oblata no puede prescindir de vocaciones autóctonas de Europa occidental, de los Estados Unidos de América, del Canadá y de Australia.

Hablemos entonces finalmente de estas vocaciones. Dialongando, meditando y rezando encontraremos tal vez algunas luces. Por mi parte propongo tres puntos.

El primero viene de una conversación reciente con un cardenal, uno de los consejeros del Papa. Decía: a los jóvenes no hay que esconderles que Dios lo pide todo. Yo me pregunto: ¿no es esto precisamente lo que no queremos decir, y le tenemos miedo porque nos comprometería a nosotros también? Sí, afrontémoslo: Dios lo pide todo.

Se dice que los jóvenes de hoy lo encuentran particularmente difícil. Por otro lado, “Solo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila), y sólo Él puede llenar una vida. La vocación religiosa misionera, sea de Hermano o de sacerdote, lo pide todo: castidad en el celibato, pobreza en el apostolado, obediencia para ir no importa dónde en el mundo y perseverancia para toda la vida. Todo esto es mucho pero por eso mismo hace feliz al que es llamado y responde.

El segundo punto es que la llamada que le viene al joven apunta un compromiso no sólo en relación con Dios, sino también con una comunidad, que pertenece a la Iglesia. Un joven va a considerar dar su vida a Dios haciéndose Oblato sólo si nosotros le ofrecemos un proyecto de misión por el cual vale la pena dar la vida. El proyecto debe responder a las urgencias actuales - como el vacío de Dios y ausencia de sentido, la precariedad de la familia, el desempleo, las condiciones de los inmigrantes, etc. Y no debe ser un proyecto teórico sino algo ya vivido por una comunidad apostólica que pueda hacer de hogar espiritual para el que siente la llamada.

Tercero, hay que invitar a tal proyecto de vida insistentemente y hacerlo con mucha fe, paciencia y oración. Hará falta invitar en público, en jornadas juveniles y en parroquias, hará falta también invitar en privado, acompañando al joven que se siente atraído con frecuentes contactos y conversaciones y nutriendo en él una intensa vida espiritual. Junto con las vocaciones a la vida oblata, normalmente varios tipos de otras vocaciones van a aparecer en este trabajo, y todas podrán expresarse en las actividades misioneras de los jóvenes.

La vida oblata y la vida religiosa son algo más grande que nosotros. En el encuentro de religiosos arriba mencionado un periodista dijo que la vida consagrada es patrimonio de Europa. Creo que hasta se puede llamarlo patrimonio de la humanidad. Vocaciones a este tipo de vida son sumamente necesarias porque ellas indican que la humanidad, salida de las manos amorosas de Dios, aunque se olvide de ello, está llamada a entregarse de vuelta en sus manos, respondiendo a este amor en libertad y pura gratitud. Dios solo puede llenar el corazón humano, y cada vocación religiosa nos lo recuerda.

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