Yo, que lo miro con mis ojos, sé que este pan es el Señor de cielo y tierra.
Yo, que lo gusto con mi boca, sé que este pan es el Señor que nos espera.
Sé que la forma de las formas vive feliz en este trozo de materia.
Y que esta harina inmaculada no es otra cosa que su carne verdadera.
Sé que la luz que no se apaga brilla desnuda en esta luna siempre llena.
Y que la voz de las alturas duerme callada en esta boca siempre quieta.
Sé que el océano sin fondo cabe sin mengua en esta gota que destella.
Y que la selva sin orillas está encerrada en esta brizna carcelera.
Sé que el volcán inextinguible se manifiesta en esta chispa de inocencia.
Y que el amor inenarrable tiembla escondido en esta lagrima serena.

Durante siglos lo esperamos comiendo a obscuras el manjar del viejo rito.
Y señalando nuestras puertas con una sangre que era sangre y era símbolo.
Aquel cordero misterioso nos daba fuerzas y valor para el camino.
Y con las huellas de su sangre cerraba el paso a la traición y al exterminio.

Cuando los tiempos maduraron, el firmamento dio su fruto prometido.
Y otro cordero vino al mundo para pagar al buen pastor nuestros delitos.
Antes de ser sacrificado, quiso enseñarnos el supremo sacrificio.
Y en este pan maravilloso se repartió de corazón entre sus hijos.
Desde aquel día lo tenemos como alimento, como escudo y como alivio.
Y su poder nos une a todos en una grey, en un pastor y en un aprisco.

¿Quién al mirarlo no se acuerda del que llovió sobre la vieja caravana?
¿Quién al gustarlo no se acuerda del que comimos en la tierra solitaria?
La sed y el hambre nos movían hacia el magnífico país del pan y el agua.
Pero la fe de nuestros pasos desfallecía en el desierto sin entrañas.
Como la tierra estaba sorda, quisimos ver si el cielo azul nos escuchaba.
Y el cielo azul nos dio con creces lo que la tierra desdeñosa nos negaba.
Nubes de pan se deshicieron sobre el rencor de la llanura desolada.
Y poco a poco la cubrieron con vestiduras de alegría y de abundancia.
Con la virtud de aquel sustento fuimos llegando sin dolor al agua santa.
Y, por el agua que renueva, dimos al fin con este pan que no se acaba.

Su luz que alumbra y alimenta brilla sin tregua en el altar y en la custodia.
Y desde el fondo del sagrario se multiplica sin descanso en limpias ondas.

Cruza los muros de materia que la separan de los seres que ambiciona.
Vence las puertas que resisten a la profunda caridad que la devora.
Pisa el umbral de las tinieblas, entra en la ciega obscuridad, busca en las sombras.
Y al fin reposa en nuestras almas, que son estrellas apagadas y remotas.
Infunde paz en las que sufren; deja su brillo de piedad en las que lloran.
Y a todas juntas las abraza con un amor incomprensible para todas.
Después ajusta el movimiento de nuestras almas al del sol que la ocasiona.
Y con el sol que la difunde concierta el ansia incontenible de sus órbitas.

La luz penetra en los lugares más silenciosos y en los sitios más obscuros.
Y va llegando con sus rayos hasta los últimos rincones de este mundo.
En los más fríos y olvidados abre con honda caridad su blanco puño.
Y de su mano bienhechora deja caer una semilla en cada surco.
Luego de haberlos fecundado, vuelve cantando hacia su sol eterno y puro.
Y en su reflujo melodioso va cosechando nuestros seres, uno a uno.
Rumbo a su nido fulgurante, cruza de nuevo los umbrales y los muros.
Pero esta vez lleva consigo nuestros más íntimos destellos, que son suyos.
Bien abrazada con nosotros, entra por último en el cielo sin crepúsculo.
Y se confunde con el astro que está escondido en este pan que miro y gusto.

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