La función educadora en tiempos de cambios tan rápidos como los que nos toca vivir, requiere lucidez, audacia y discernimiento.

No es fácil ejercer el arte de educar en un mundo en mutación continua para el cual nuestra sociedad no está preparada.

Educar no es repetir, ni instruir, ni enseñar, ni reciclar, no clonar, ni escanear… Educar es otra cosa. Es hacer crecer, florecer y fructificar ese cúmulo de potencialidades que se albergan en el alma de todo educando.

Todos nos educamos juntos, en comunidad: “Nadie educa a nadie. Nadie se educa solo” nos dice Paulo Freire. Todos nos educamos en relación continua y dialéctica con nuestro hermanos, con la naturaleza, con Dios y con nosotros mismos…. Estas cuatro relaciones son como los cuatro puntos cardinales de toda auténtica educación. Asumiéndolas en nuestras prácticas educativas, no hay por donde perderse…

Se debe acabar con el protagonismo de los educadores. El verdadero sujeto de todo el proceso educativo es el propio alumno.

La educación no es ningún trasvase de conocimientos desde el que sabe, hacia el que no sabe. Hay que superar ese falsa idea que reduce y tergiversa el proceso educativo limitándolo a trasmitir, en forma cuasi-mecánica, datos y conocimientos desde el educador hasta el educando. Nada de eso: la educación es, sobre todo, introyección del propio sujeto. Es, ante todo, auto-formación. Es dar y recibir, es aprender enseñando y practicando teniendo siempre como meta la gran utopía del “ser más”, logrando que los demás también lo sean. La educación es un arte, es el arte de humanizar humanizándonos …. Ningún tema, ningún desafío en la actualidad es tan importante como la educación.

La educación auténtica no tiene como objetivo prioritario la transmisión de datos y conocimientos. Busca, fundamentalmente, desarrollar todas las potencialidades de los educandos. El “aprender a ser” viene a constituirse en el gran ideal educativo, lejos de la instrucción, la domesticación, la sumisión o la memorización. Por lo tanto, la verdadera educación no prepara para el examen, sino para la vida.

La formación en valores es el corazón mismo de toda auténtica educación . El sujeto y protagonista del proceso educativo no es el profesor, sino el alumno. Toda verdadera educación por lo tanto debe constituirse en auto-formación.

Se debe desarrollar una formación autónoma de tal modo que cada alumno sea el verdadero protagonista de su propio cambio integral, dentro de su propia cultura.

Sin embargo, como vemos con demasiada frecuencia, el sistema escolar vigente alienta y trasmite actitudes individualistas y competitivas, ya que no está orientado hacia la verdadera educación sino, básicamente, hacia la instrucción. De ahí que no desarrolle los valores éticos de la tolerancia, del diálogo, de la fraternidad, de la solidaridad, de la justicia social, ni se preocupe de profundizar los valores culturales y el amor a la naturaleza.

Si se quiere desterrar la mentalidad individualista, consumista y alienante que predomina en nuestro medio, hay que partir de un sistema educativo que forme en los verdaderos valores morales y no solo en valores disciplinares.

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