“Estén siempre alegres en el Señor; les repito, estén alegres. Que todo el mundo los conozca por su bondad. El Señor está cerca”. (Flp 4, 4-5)
Y cómo no va a estar cerca de nosotros!!
Hola! Soy Daiana Cervigni, de un pueblito llamado Wenceslao Escalante de la provincia de Córdoba. Fui partícipe de la misión OMI 2011 en San José de Feliciano (Entre Ríos); y es por ello que quería contar mi experiencia…

Si bien no es la primera misión que realizo (ya tengo 4 misiones anteriores) fue la misión que más me llegó al corazón. Fue mi primer experiencia de grupo (puesto a que las misiones anteriores las realicé junto al grupo de mi localidad) y fue realmente hermosa.

Como todos los chicos que participaron, creo, puedo decir que la misión fue muy satisfactoria en todo sentido. El recibimiento de la gente en cada uno de los hogares a los que íbamos de visita; los abrazos y besos al vernos llegar a sus hogares; el cariño inmenso de los pequeños; sus sonrisas y ojitos brillosos al hablarnos y compartir un momento juntos; el ir caminando por las calles al barrio de misión y que quién te pasaba al lado siempre te regalaba un saludo y sonrisa muy gratos; la misma convivencia con el grupo de misión; con los chicos de Adolescencia Misionera y Emaús, de ahí de Feliciano; etc, etc, etc. En cada una de esas personas, de esos momentos, situaciones, lugares… SIEMPRE, pero siempre, estuvo presente el rostro vivo de JESÚS.

Yo llegué a la misión con un reclamo (por así decirlo); en los dos primeros días de misión realizamos un retiro de silencio en el que tuvimos que escribirle una carta a Jesús. En la misma debíamos escribirle una petición, un agradecimiento… una simple carta. Y ahí fue mi reclamo. Yo necesitaba que ÉL me escuche; necesitaba encontrarme con ÉL; necesitaba saber cuál era mi MISIÓN en ese lugar; saber para qué estaba allí.

Y realmente tuve mi respuesta.

El día miércoles 26 de enero, salimos con mi compañero de camino: Diego, en marcha para el barrio Guadalupe (nuestro barrio de misión). Fuimos junto al grupo del Hno. Luis, Darío y Gabriel. En el camino, decidimos ir a visitar el “basural” de Feliciano. El mismo estaba ubicado casi detrás del barrio Guadalupe. Al llegar, tomamos un pequeño senderito (hecho en medio de los residuos) para tratar de encontrar las casitas. Tomamos el camino equivocado. Al volver, tomamos otro; fuimos “rodeando” el basural. En el caminar, encontramos a un hombre, quién se dirigía a una “chocita” en la que se encontraban dos hombres más, y una pequeña. Con los misioneros, seguimos su camino hasta dar con ellos. Nos presentamos, saludamos y se generó un pequeño momento de silencio. Quizá por vergüenza o incomodidad. Pero enseguida comenzamos a hablar: a contarle el por qué de nuestra visita, quiénes éramos, de dónde éramos, qué estábamos haciendo allí, etc. En toda esa charla, me llamó muchísimo la actitud de la pequeñita. Sentada en un tronquito (me parece), SIEMPRE con la mirada gacha, siempre sus ojos dirigidos al piso.
Al pasar un rato de la charla, debíamos volver a la escuela porque ya iba a ser el horario de almorzar. Entonces, uno de los hombres con quiénes compartimos el rato, nos explicó bien un “atajo” para volver. Antes de irnos, uno de mis compañeros recordó que en su bolso tenía unas bolsitas de garrapiñadas (que había llevado por si nos daban ganas de comer en el camino); las sacó, y se las regaló a la niña. No se imaginan cómo cambió la cara de esa pequeña, cómo recibió esa bolsita, cómo se iluminó su rostro. Comenzamos nuestra vuelta a la escuela.

Y ahí fue mi momento más difícil. Se me había hecho un nudo en el pecho. Mis ojos se me llenaron de lágrimas y mi corazón de tristeza. Me “vine abajo”, no tenía ganas ni fuerzas para seguir caminando. Me surgió una especie de bronca dentro de mi ser. Porque pensar que cuando yo estaba en mi casa.... a veces te quejas de simples cosas que no son nada, que no valoras las cosas que tenés, la vida que llevas, que te haces un mundo por algo que no vale la pena… y que esa pequeña se haya alegrado tanto por un simple paquete de garrapiñadas???…
¿“Por qué pasa esto Diosito”? ¿”Por qué es tan INJUSTA la vida”? Son preguntas que me vinieron en ese momento. Y realmente no podía más!! No sabía para qué estaba ahí, para qué había ido si no podía hacer nada! Si no podía cambiar nada! Hasta que uno de mis compañeros me dijo: “¿Qué te pasa?”, y me agarró de su mano…

Ahí, en ese momento, sentí realmente que quien me agarró de la mano y me sostuvo no fue mi compañero, sino que fue ÉL, fue JESÚS!!!!

Realmente sentí una fuerza inmensa y un correr de extraños sentimientos en mí. Él me escuchó, respondió a mi pedido. Me demostró que yo estaba ahí para cumplir mi misión. Que si bien no podía hacer nada por esa familia, que no podía cambiar nada, ni hacer algo que le dé un giro a su vida; pero que sí podía estar con ellos, compartir un rato de su tiempo, unas palabras, un saludo, un abrazo… y comprendí que Dios está… está en cada palabra, en cada saludo, en cada lugar, momento, en cada rostro, de un niño, de un anciano, de un enfermo, en cada abrazo, beso o saludo. Y también, a veces, lo podemos encontrar en un insignificante “paquete de garrapiñadas”…

Daiana Cervigni
Grupo Misionero “Cristo Joven”
Wenceslao Escalante - Córdoba - Argentina

Click sobre las imagenes y estas se ampliaran






1 comentarios:

angel miño dijo...

hola chicos....me encanto la mision a ca en entre rios!...ojala esten de nuevo x aca
los re extrañan los qiero un monton
bendiciones

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