Como un regalo he vivido nuestra peregrinación a Aix a los 150 años de la muerte de San Eugenio de Mazenod. Un regalo compartido con todos los miembros del consejo general. Un regalo que me gustaría pudiera ser experimentado por todos los oblatos y por todos los que se sienten miembros de la gran familia mazenodiana y otras tantas personas que de forma sencilla rezan a San Eugenio y en él encuentran inspiración. Vengan aquí a ver, a sentir, a oler, a dejarse tocar e interrogar por la presencia de San Eugenio que nos sale al encuentro a cada paso que damos.

Venir a Aix es como encontrar una fuente cuando se peregrina. Una fuente que refresca, que lava, que habla de gratuidad, da alegría y esperanza. Una fuente que nos conecta con la experiencia de Eugenio y sus primeros compañeros. Porque en Aix las piedras nos hablan de una pasión que se encendió en un encuentro con el Crucificado. Llegando a la Iglesia de la Magdalena nos parece escuchar conmovidos un sermón que nos invita a mirar a los pobres con los ojos de Cristo, mirada que reconoce y dona dignidad. Al pasar por la cárcel aún sentimos la emoción del pueblo que vio al joven sacerdote acompañar a “la Germaine” con sus oraciones hasta el lugar de su ejecución, porque Dios es misericordia infinita. Entrar en el Carmelo es sentir el bullicio de los casi 300 jóvenes que se agolpan en torno a alguien que los ama y enseña a amar apasionadamente a Jesucristo.

Y en la sala de Fundación los muros nos hablan de los primeros momentos de vida comunitaria donde pobreza, misión y entusiasmo eran una misma realidad. Y así nuestros pies cansados se sienten aliviados al sentir que se posan sobre las huellas que marcó hace ya casi 200 años san Eugenio. Al emprender caminos nuevos y no explorados se siente la compañía y confianza del que camina a tu lado. Nuestro corazón cansado, y tal vez herido, encuentra en Aix el agua fresca que le alivia y que le permite emprender la marcha con renovadas esperanzas…

Marsella es la raíz. La imagen se apoderó de mí al celebrar la Eucaristía sobre la tumba-altar donde reposa el cuerpo de nuestro Fundador mientras el P. Louis Lougen, nuestro superior general, pronunciaba las palabras de la consagración. Raíz porque el Espíritu Santo actuó en un hombre concreto, con una historia concreta y que ahora caído en tierra, como el grano, se prolonga en árbol frondoso y variopinto. Un árbol cientocincuentenario que nos invita a ir a lo profundo para encontrar el secreto de su vitalidad. No, no bastan las superficialidades, ni las rutinas, ni las repeticiones huecas y sin alma. Hay que arriesgarse a ir a lo profundo de lo vivido por Eugenio. Porque el secreto del verdor y la frondosidad del árbol están allí, en las raíces que no vemos, en esa tumba-altar que continúa dando protección y vida a los que el Espíritu llama a ser miembros de esta familia para cooperar con Jesucristo en su misión. El árbol de 4200 ramas e incontables hojas sólo seguirá vivo si somos lo que soñó San Eugenio, si nos dejamos alimentar por Aquel que da la Vida y nos la comunica a través de esta raíz… Con la imagen propuesta por Simone Weill me gusta repetirme que todos nosotros somos árboles pero nuestras raíces están en el cielo…



Marsella y Aix, Raíz y Fuente, Memoria y Esperanza. Porque la fuente está para el camino y las raíces para dar vida sigamos caminando como peregrinos que marchan, entre la memoria y la esperanza, construyendo un mundo nuevo del que ya portamos las primicias. De tantas formas Marsella y Aix hablan de Eugenio, pero también me hablan y me lanzan a continuar el sueño que soñó Dios Padre y que encendió el corazón de Eugenio y el mío y el vuestro.

P. Luis Ignacio Rois

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