Consideraciones del Padre General, Louis LOUGEN, en la celebración del 150º aniversario de la muerte de San Eugenio de Mazenod, Catedral de Marsella, 21 de mayo de 2011.

Cardenal Roger Etchegaray, Cardenal Bernard Panafieu, Arzobispo Georges Pontier, Monseñores, Padre Yves CHALVET DE RÉCY, queridos hermanos y hermanas de la Archidiócesis de Marsella y de la Archidiócesis de Aix y Arlés y todos ustedes, miembros de la Familia Mazenodiana.

¡Que el amor de Dios reine entre ustedes y que su celo por la misión esté con ustedes!

Estoy muy contento de estar con ustedes en esta catedral para celebrar el aniversario de la muerte de San Eugenio de Mazenod. Estoy agradecido por esta maravillosa celebración y por la cálida acogida que ustedes me han dado, así como a todos los Misioneros Oblatos de María Inmaculada y a todos los miembros de la Familia Mazenodiana en este día tan especial.

Para nosotros, oblatos, San Eugenio fue un hombre ardiente con un gran amor por Jesucristo, la Iglesia y los pobres. El compartió estos dones con la gente de Marsella durante 37 años, como Vicario General y, después, como Obispo.

Al mismo tiempo era el Superior General de los Misioneros Oblatos y guió a esta creciente Congregación desde el Obispado, al otro lado de la calle.

Desde esta ciudad es desde donde nos mandó a predicar el Evangelio a todo el mundo. La estatua de Santa Verónica enjugando el rostro de Jesús, situada en esta catedral, es una réplica de la estatua del Santuario de Notre Dame de la Garde dedicada a los misioneros que dejaban Marsella para “ir y enjugar el rostro del Jesús sufriente” en todo el mundo. Nosotros, oblatos, estamos orgullosos de continuar siguiendo su inspiración en cerca de 70 países, con más de 4.000 misioneros y numerosos laicos asociados.

Ciento cincuenta años atrás, San Eugenio yacía moribundo aquí en Marsella. Bendijo a los oblatos que estaban con él y los animó a vivir con caridad unos para con otros y a tener celo por la misión. Esas son las palabras que tienen ustedes escritas en su tumba. El día de su muerte, ante los que le rodeaban comenzó la recitación de una de sus oraciones preferidas, la Salve Regina. A sus últimas palabras “¡Oh Clemente!, ¡oh, Pía!, ¡oh, dulce Virgen María!, fallecía Mons. de Mazenod.

Esta oración se ha hecho muy querida a todos los oblatos, y tenemos la tradición de recitarla a diario. Cada vez que los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, enviados fuera a países de misión, zarpaban a bordo de sus barcos del puerto de Marsella, su última visión de Francia era la estatua de Nuestra Señora en lo alto del Santuario de Notre Dame de la Garde. Muchos de ellos sabían que nunca volverían a Francia y cantaban la Salve Regina a su Madre Amorosa. Era una poderosa manifestación de su ofrecimiento misionero, de su devoción a Nuestra Señora y de su unión con San Eugenio en el momento de partir para dar su vida a la predicación del Evangelio a los más abandonados.

Regocijémonos al hacer memoria de él invocando con mucho amor a la Madre de Gracia, la Madre Amorosa, cantando la Salve Regina antes de ir en procesión a la tumba de San Eugenio.

P. LOUIS LOUGEN, omi

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