1ª Parte:

El Fundador de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada era un sacerdote de Francia llamado Eugenio de Mazenod. Nació en 1782 y este año hace ciento cincuenta años que murió. Todos nosotros aquí en Málaga, en preparación para la Jornada Mundial de la Juventud, tenemos dos cosas en común: somos católicos y a todos nos ha tocado este santo hombre: San Eugenio de Mazenod.

¡Resulta increíble cuando lo piensas!.Todos los presentes nos hemos congregado porque estamos unidos a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. De algún modo misterioso, un francés que murió 150 años atrás es la razón de estar juntos en Málaga. Y hay miles y miles de jóvenes por todo el mundo que no han podido venir a Málaga pero que también han sido tocados por este santo, cuya vida estuvo marcada por un amor apasionado a Jesucristo, a la Iglesia y a los pobres.

Si San Eugenio estuviera hoy, ¿qué les diría a ustedes, este vasto y hermoso mar de rostros jóvenes sentados ante mí en Málaga en este momento?. Tendría mucho que decirles, pero sólo les mencionaré tres cosas.

En primer lugar, les diría que ustedes son amados por Jesucristo, por lo que abran ustedes su corazón a dicho amor. El joven Eugenio era miembro de una familia noble. Tuvo que marchar de su casa y tierra natal cuando tenía diez años, debido a la Revolución Francesa. Corrió con su familia de ciudad en ciudad, ante los ejércitos que querían matar a la nobleza francesa. Fue una vida inestable y sin amigos. Pasó la mayor parte de estos años con su padre y sus tíos. Sus padres terminaron divorciándose y, aunque intentó juntarlos, no lo logró. Fue una gran tristeza para él. Tenía 20 años cuando pudo regresar a su país natal y fue a vivir con su madre, abuela y hermana. Iba a fiestas y bailes, pero con el tiempo sintió que algo le faltaba. Quiso casarse con una joven rica para no tener preocupaciones económicas, pero no funcionó. La vida de Eugenio estaba muy vacía y erraba sin significado alguno.

Entonces, el Viernes Santo de 1807, el joven Eugenio fue a la iglesia y, ante la cruz en la que colgaba el Salvador Crucificado, su corazón quedó profundamente tocado y se vio sobreabrumado por el infinito amor de Dios hacia él. Se derrumbó en un mar de lágrimas, sintiéndose totalmente indigno y viendo su pecaminosidad de un modo muy vivo, experimentando el amor de Dios infinito, tierno y personal. Esto cambió su vida.

San Eugenio les diría a todos ustedes, jóvenes amados de Dios reunidos aquí en Málaga y en todo el mundo, que Jesús conoce los corazones de ustedes y todo lo que hay en ellos: sus alegrías y preocupaciones, sus esperanzas y temores, sus fortalezas y heridas, sus sueños y pesadillas. Jesús mira a los ojos de ustedes y los ama tal y como son, en este momento, en la maravilla de sus existencias. San Eugenio les diría que Jesús les quiere llenar de un hondo sentido de ser amados por Dios, de ser sanados por el amor de Dios y de ser liberados para poder ser testigos suyos.

Esto sería la segunda cosa que San Eugenio les diría: “Sean testigos de Jesús”. Cuando San Eugenio entró en contacto con el amor de Jesús, su vida comenzó a seguir un rumbo nuevo, con sentido y felicidad. En lugar de estar centrado en sí, replegado en sí mismo y en sus propios intereses, cambió y comenzó a estar centrado en los demás y a servir a la gente, especialmente a los pobres y a los jóvenes. Comenzó a enseñar el catecismo, comenzó a visitar a los presos y a buscar lo que Dios quería para ellos. Dado que tenía experiencia del amor de Dios en la cruz de Jesús, se vio empujado a compartir este amor, fue llevado a testimoniar la bondad de Dios y a contar a los demás la Buena Nueva. Su corazón se dirigió a los jóvenes, a los más desfavorecidos y a los pobres. Se sintió empujado a decirles que, a pesar de su vida dura y de sus problemas, eran incondicionalmente amados por Dios, que les confería su dignidad de hijos e hijas de Dios sin importar el trato o maltrato que recibieran.

San Eugenio les animaría a todos ustedes, mis jóvenes hermanas y hermanos, a ser testigos del amor de Dios, a pensar en los demás y a servirles, especialmente a los pobres.

Finalmente, hay algo muy urgente en la vida de San Eugenio una vez que descubrió a Jesús: deseaba con todo su corazón ser santo. Si San Eugenio estuviera aquí hablándoles, les diría: “¡Sean santos!”. “¡En el nombre de Dios, sean santos!. En medio de todo su trabajo de sacerdotes, fundador y obispo, el centro de su vida fue ser santo, ser transformado por la gracia de Dios. Sé que estaría aquí, mirándoles a ustedes con mucho amor y llamándoles a desear la santidad en las vidas de ustedes y a hacer todo lo que puedan para que la Gracia de Dios actúe en sus vidas y les haga a ustedes santos.

¿Qué significa ser santo?. ¿Es el santo una persona justa y perfeccionista, un “santurrón”?. A veces pensamos que ello significa ser excepcionalmente extraordinario o distinto, una especie de raro o de estrafalario, quizá triste o aburrido. ¡En absoluto!.Ser santo es ser un testigo del amor y de la bondad de Dios. Es alguien que piensa en los demás y los respeta. Es alguien que está enamorado de Dios y permite a la gracia de Dios que transforme su vida. Cada persona vive la santidad de un modo distinto. Los santos siguieron los mandamientos de Dios y vivieron las Bienaventuranzas. Ellos oraban, leían la Palabra de Dios, participaban en la Eucaristía y en la comunidad. Confesaban con humildad sus pecados y escuchaban la voz de Dios que les hablaba en las cosas ordinarias de la vida. Ellos hablaban a Dios, contaban a Jesús lo que pasaba en sus vidas y le pedían ayuda para nosotros.

Ser santo es crecer en amistad con Dios, ver dónde necesito que Dios me transforme para que mi vida se una vida de bondad, amor, generosidad y alegría. ¿Debería preocuparme más de los demás?. ¿Debería ser más generoso?. ¿Debería acercarme más a los demás?. ¿Me necesita mi familia?.¿Puedo dar algo de mi tiempo para ayudar a alguien?.¿Qué estoy haciendo en mi parroquia o comunidad?. ¿Debería tomar más responsabilidades en mi grupo juvenil?. ¿Hiero a las personas que son distintas de mí o me río de ellas?. ¿Guardo resentimientos?. ¿Hay gente a la que no he perdonado o no puedo perdonar?. ¿Soy responsable, fiel transparente y honesto?.

Hoy oigo a San Eugenio decirles a ustedes, a cada joven: “Dios les ama; Dios les envía como testigos; Dios les quiere santos”. ¡Que su Madre, María, les ayude a ustedes a abrir sus corazones al Señor en esta peregrinación de la Jornada Mundial de la Juventud!.

Segunda Parte

Tema: “Firmes en la fe, arraigados en Cristo. Cómo edificar una vida en Cristo siendo joven en el mundo de hoy.”

La fe es un don precioso que necesita ser cultivado con atención. Así como una semilla necesita la justa cantidad de sol, de agua y de nutrientes para crecer saludable y fuerte, el maravilloso don de fe necesita ser nutrido y cuidado de forma especial. La fe puede morir o perderse. Podemos cambiarla por algo artificial o incluso falso. Estamos aquí en Málaga preparándonos para la Jornada Mundial de la Juventud. El tema nos invita a estar hondamente enraizados en la fe, a tener sólidos cimientos, a estar firmes en la fe. ¿Cómo puede un joven en nuestros tiempos edificar una sólida vida de fe en Cristo?.

Como la bicicleta tiene dos ruedas para moverse, así yo diría también que la fe necesita dos ruedas para crecer, desarrollarse y que se convierte en una fe sólida, hondamente enraizada y sólidamente edificada. Las dos ruedas son: el encuentro personal con Jesucristo y la vivencia de la fe en la comunidad de la Iglesia. Con estas dos ruedas, la bicicleta de la fe puede desarrollarse y crecer. Hablaré en primer lugar de la rueda del encuentro personal con Jesús y después de la rueda del aprendizaje de la fe en la comunidad.

La fe es un encuentro personal con Jesucristo en el que vengo a conocerle, amarle y creer en él. Si le abro mi corazón, Jesús viene a mí. Cada uno de nosotros descubre a Jesús de distintos modos en distintos momentos de nuestra vida. En el Evangelio de Marcos, vemos a un joven que acude corriendo a Jesús para preguntarle qué ha de hacer para tener parte en la vida eterna (Mc. 10, 21). El pasaje nos dice que Jesús le miró y le amó. Todos ustedes, jóvenes mujeres y hombres que han venido a la Jornada de la Juventud, son como el joven del Evangelio de San Marcos, que vienen a preguntar a Jesús cómo puede su fe ser más fuerte y firme, cómo pueden recibir el don de la vida eterna. Les aseguro que Jesús está mirando con mucho amor precisamente a sus ojos y a sus corazones para ahondar su fe, su amistad con Él. Pido a Jesús que a experiencia de ustedes de la Jornada Mundial de la Juventud junto al Papa Benedicto y con los demás les ayude a ver a Jesús mirando a sus ojos, sonriéndoles y amándoles, ahondando su fe en Él.

Este encuentro personal con Jesucristo es un don y un tesoro de parte de Dios. ¿Cómo puedo hacer espacio en mi vida y mi corazón para este don, de modo que se haga más hondo y más fuerte?.

El Papa Benedicto explicó algunos modos cuando escribió un bello mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud un año atrás: “Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos”. De nuevo, el Santo Padre sugería: “Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará”.

La relación personal con Jesucristo es una de las ruedas de la bicicleta de la fe. Hay otra rueda que ha de girar al ritmo de la relación personal con Jesús. Es la rueda de la fe vivida en la comunidad de la Iglesia. Creo que todos ustedes viven y participan en una comunidad, una parroquia y una diócesis. Esta comunidad de fe es el Cuerpo de Cristo en el tiempo y el espacio y es ahí donde se vive, celebra, nutre y ahonda nuestra fe en Jesús.

El Papa Benedicto nos recuerda que nuestra fe en Jesús está ligada a la fe de la Iglesia. “No somos creyentes aislados, sino que, mediante el Bautismo, somos miembros de esta gran familia, y es la fe profesada por la Iglesia la que asegura nuestra fe personal. El Credo que proclamamos cada domingo en la Eucaristía nos protege precisamente del peligro de creer en un Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, 166)”. La experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud es una bella expresión de estar sostenidos por una gran cadena de creyentes.

Hoy destacamos el individuo, sus derechos y libertades. La sociedad está dominada por un modo individualista de pensar y cuando hablamos de la fe a menudo olvidamos el papel de la Iglesia comunidad. Pensamos que podemos creer lo que queramos y del modo que queramos. Dado que la fe en Jesús nos viene de la Iglesia y se expresa en el Credo, hemos de comprometernos con ese Credo y la Iglesia nos revela la verdad de Dios. No podemos sin más escuchar y seguir lo que nos venga a la cabeza, sino que hemos de escuchar al Espíritu Santo en la sabiduría de la Iglesia. Es la llamada a la fidelidad, a ser auténticos y a ser íntegros en la fe.

Mis jóvenes hermanos y hermanas, comprométanse con Jesús y con sus parroquias o comunidades eclesiales locales. Al desarrollar su relación personal con Jesús, estudien la fe de la Iglesia para poder crecer en su comprensión y en la adhesión a ella con más convicción, haciéndola más y más propia. Entonces ustedes serán testigos sólidos de la fe y no revolotearán como las hojas en el aire. En la comunidad de la Iglesia, la fe se transmite, alimenta, ahonda y celebra. De este modo, podemos caminar en fidelidad, verdad e integridad.

Quisiera recordar a cada uno que en la Iglesia Católica los siete sacramentos son fundamentales para ahondar y fortalecer nuestra fe, porque en ellos se da tanto el encuentro personal con Jesucristo como el celebración comunitaria. Bautismo, Eucaristía, Confirmación, Penitencia, Matrimonio, Órdenes y Unción de Enfermos… cada uno es la celebración de la comunidad de la Iglesia que nos trae vida, sanación, fortaleza, unidad, perdón en una experiencia de Jesús muy personal y comunitaria. ¡Que los sacramentos sean centrales en sus vidas!.

Nuestra bicicleta de la fe tiene dos ruedas: la rueda de la amistad personal con Jesús y la rueda de la fe vivida en la comunidad de la Iglesia. ¿A dónde iremos con nuestra bicicleta de la fe?.Nuestra fe nos envía a la misión, al servicio. El joven que preguntó a Jesús por cómo tener la plenitud de vida dijo a Jesús que cumplía los mandamientos y preguntaba qué más debía hacer para ganar la vida eterna. Jesús les dijo que vendiera lo que tenía, lo diera a los pobres y luego le siguiera. La fe en Jesús ha de producir buenos frutos, lleva a la misión, a servir a los demás con generosidad. Al acudir para ayudar a los demás, especialmente a los pobres, encontraremos a Jesús y nuestra fe crecerá y se ahondará.

Ustedes, que son jóvenes, tienen un corazón compasivo, ideales infinitos y toneladas de energía. Ustedes se preocupan por aquellos que tienen hambre, que sufren la guerra y la violencia, a quienes se hace sufrir. Ustedes se preocupan por el medio ambiente y buscan protegerlo. Ustedes imaginan un mundo de paz y armonía. Dejen que la bondad de sus corazones, sus altos ideales y su vigor juvenil les ayuden a acudir a los necesitados y abandonados como hermanos y hermanas. Que su fe en Jesús y su compromiso con la Iglesia sea luz para nuestro mundo y aporte algo de “civilización del amor”. Firmemente enraizados en Jesús y edificados sobre él, ustedes se alzarán firmes para ser la luz y la frescura del Evangelio para nuestro mundo.

Pido a la Madre de Jesús, que es la Madre de todos los cristianos, que nos ayude a crecer fuertes en nuestra fe.

Las citas están tomadas del “MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2011”. LibreriaEditrice Vaticana 2010.

Tercera Parte

Tema: Ser testigos en el mundo. Como jóvenes, ¿cómo podemos seguir el ejemplo de los mártires oblatos?

El ejemplo de los 22 Misioneros Oblatos de María Inmaculada martirizados en España es un fuerte y refulgente testimonio de confesar la fe en Jesucristo. Por la única razón de que esos hombres eran creyentes en Jesús y habían consagrado su vida a Él, fueron odiados y brutalmente ejecutados. Eran hombres jóvenes, conscientes y sabedores de que, por causa de su fe, la muerte violenta les estaba aguardando. Les hicieron sufrir duramente para que abandonaran su fe y salvar así sus vidas. De modo heroico, fueron fieles a Jesús y a la fe católica hasta el punto de sus muertes cruentas.

¿Qué podemos aprender de estos testimonios?.Les propongo cuatro cualidades:

1- El don del Espíritu de ánimo y fortaleza.

2- El amor por Jesús y la Iglesia Católica.

3- El poder espiritual del Amor, Perdón, Oración y Alegría.

4- El don de sí: la Oblación.

Lo primero que aprendemos de los mártires: El don del Espíritu de Ánimo y Fortaleza para ser fieles:

Estos hombres jóvenes sabían lo que estaba pasando en España en aquél tiempo. Eran públicamente amenazados y la gente les gritaba: “¡Muerte a los frailes!”. En las calles, la gente hacía gestos con cuchillos, como cortándoles el cuello, para indicar lo que habría que hacer con los religiosos. Desde su residencia, los Oblatos podían ver el humo de las iglesias incendiadas y los conventos destruidos por parte de aquellos que odiaban la Iglesia. Entre sí, los Oblatos se preguntaban cómo escaparían de la residencia en caso de que ésta fuera incendiada. Incluso en este clima de hostilidad, fueron fieles a sus oraciones, estudios y trabajos hasta el mismo momento de su encarcelamiento.

En la cárcel, les trataron sin piedad, con escaso alimento, humillaciones, maltrato psicológico, frío espantoso, lamentables condiciones higiénicas para sus necesidades fisiológicas y con parásitos. El hacinamiento de la cárcel y el gélido frío a veces les obligaba a dormir de pie.

La respuesta de estos hombres fue la de un ánimo y una fortaleza incansables. Aguantaron las condiciones de la cárcel en espíritu de oración. Permanecieron estrechamente unidos, cuidándose mutuamente y animándose mutuamente, manteniendo el espíritu de serenidad e incluso de alegría, confiando en Dios.

Las palabras exactas de Clemente Rodríguez Tejerina, de 18 años, fueron recogidas por su hermana: “Estamos en peligro y tememos que nos separen; juntos, nos damos ánimo unos a otros. Con todo, si hay que morir, estoy dispuesto, seguro de que Dios nos dará la fuerza que necesitamos para ser fieles” (pág. 58).

Los jóvenes mártires oblatos de España nos enseñan que Dios siempre da el Espíritu de Ánimo y Fortaleza a los fieles ante sufrimientos tremendos.

Lo segundo que aprendemos de los mártires: Amor a Jesús y a la Iglesia Católica: A estos hombres se les hizo sufrir y fueron asesinados porque eran sacerdotes y hermanos católicos. Para salvarse tan sólo tenían que renunciar a su fe y renegar de sus creencias. ¿Qué más da?. ¿A quién le importa?.Para qué sufrir tanto?. ¿Para qué causar dolor a sus familias?.

En el sufrimiento que llevóa su ejecución, ante los escuadrones de la muerte, ellos profesaron su fe en Jesucristo, su amor hacia la Iglesia Católica y a su vocación misionera. Uno de los mártires, Publio Rodríguez Moslares, de 24 años, dio a su madre un pequeño crucifijo y le dijo: “Bésalo muchas veces y, venga lo que venga, piensa que todo lo que suframos por Él, por mucho que nos parezca, será poco para lo que Él nos ama y sufrió por nosotros” (pág. 36). Cuando les ejecutaron, gritaron su profesión de fe: “¡Viva Cristo Rey!”.

Gregorio Escobar García, ejecutado a los 24 años de edad, escribió: “Siempre me ha conmovido hasta lo más hondo los relatos del martirio que siempre han existido en la Iglesia, y siempre al leerlos, me asalta un secreto deseo de correr la misma suerte que ellos Ese sería el mejor sacerdocio a que podríamos aspirar todos los cristianos, a ofrecer cada cual a Dios su propio cuerpo y sangre en holocaustos por la fe ¡Qué dicha sería la de morir mártir!” (pág. 24).

Hoy día raramente somos amenazados de muerte por creer en Jesús y ser católicos, aunque a veces sigue pasado en algunas partes del mundo. Podemos expresar nuestro amor por Jesús y la Iglesia viviendo fielmente el Evangelio y con integridad. Seguir a Jesús no es fácil cuando estoy totalmente comprometido a hacer de la fe una relación viva con Dios que conforme el resto de lo que hago, cómo me relaciono con los demás y lo que creo que es correcto o inadecuado.

Los jóvenes mártires Oblatos de España nos enseñan que nuestra fe en Jesucristo vivida en la Iglesia Católica es el bien más precioso que tenemos y que debe ser nuestra fe lo que más influya y configure nuestras vidas.

Lo tercero que aprendemos de los mártires: Es el poder espiritual del Amor, Perdón, de la Oración y la Alegría:

El Padre Francisco Esteban Lacal, Provincial, ejecutado a los 48 años, recibió un abrigo de su familia para mantenerse caliente. Sin pensar en sus propias necesidades o bienestar, inmediatamente se lo dio a otro compañero de prisión que sufría mucho a causa del gélido frío (pág. 11).

Se oyó decir al P. Francisco a sus guardianes: “Sabemos que nos matáis por católicos y por religiosos. Lo somos. Tanto yo como mis compañeros os perdonamos de todo corazón” (pág. 8).

Uno de los supervivientes de este trágico período dijo: “En nuestro interior, lo único que transcendía era el espíritu de perdón una y otra vez …” (pág. 55).

Los familiares de aquéllos que estaban en prisión oyeron quelos Oblatos se esforzaban por rezar juntos a escondidas el Rosario cuando salían al patio, e incluso en sus celdas (pág. 11).

Publio Rodríguez Moslares (24 años) junto con uno de los sacerdotes entretenía en la cárcel a los seminaristas con comedias en verso. Un testigo escribió de Publio: “Supo soportar con entereza y alegría las cárceles de Madrid y cuando provisionalmente le dieron libertad, fue sobre todo él quien hizo de enlace entre sus compañeros de calvario y sus Superiores, yendo de un sitio para otro” (pág. 36).

Aunque eran conscientes de la muerte que pendía sobre ellos, estos oblatos escogieron vivir el mandato evangélico de amar a sus enemigos, perdonarlos y orar por los que les perseguían, así como de alegrarse por sufrir por causa del nombre de Jesús. En la sociedad hoy, el placer, lo fácil y la comodidad son los fines últimos de la vida. Podemos ver un desafío y un mensaje profético en las vidas de estos oblatos. Ellos cuestionan nuestras vidas y nos llaman a ser verdaderos testigos de nuestra fe cristiana.

Los jóvenes mártires oblatos de España nos enseñan que incluso ante la tortura, el sufrimiento y la muerte, estamos llamados, como Jesús nos enseñó, a perdonar, amar a nuestros enemigos, orar por ellos y alegrarse de ser perseguidos por el Nombre de Jesús.

La cuarta cosa que aprendemos de los mártires: La donación de sí – Oblación.

Estos hombres eran Misioneros Oblatos de María Inmaculada. La palabra “Oblato” significa una oblación, una entrega. Por medio de nuestro modo de vida, nosotros, los Oblatos, nos esforzamos por ofrecer nuestra vida a Dios por medio de María, Madre de Jesús. Hacemos un don de nosotros mismos para servir al pueblo de Dios, especialmente los pobres. La pasión y muerte de estos 22 Oblatos de María Inmaculada fue el don total de sus vidas por causa de Jesucristo, su Señor; fue el don de sus vidas para el bien del pueblo español; fue el don de sus vidas por el bien de la misión de la Iglesia y de los Oblatos de todo el mundo. Muchos de ellos estaban llenos de celo oblato, y se preparaban para ponerse al frente de las misiones que la Provincia de España tenía en Argentina y Uruguay. No llegaron a sus destinos misioneros, pero su ejecución violenta fue la oblación consumada, don total de sí ofrecido a Dios para el bien de la misión de Cristo.

Uno de los oblatos que no fue ejecutado nos dio su testimonio: “Lo único que transcendía era el espíritu de perdón, por una parte, y por otra, el deseo de ofrecer la vida por la Iglesia, la paz de España y por aquellos mismos de los que pensamos que nos iban a fusilar. El único móvil que nos guiaba era sobrenatural, ya que humanamente lo perdíamos todo” (pág. 55). Esta es la expresión perfecta de la oblación, ofrecerse a sí mismo por los demás.

Otro oblato testigo constató: “La reacción de los Siervos de Dios ante la previsión del martirio fue de mucha serenidad, dominio de sí y oración al Señor. El móvil que los guiaba era el deseo de consumar su oblación” (pág. 63).

Cada uno de nosotros está invitado a ofrecer su vida a Dios en servicio del Evangelio, a vivir nuestra fe y a ser testigos. Por razón de nuestros Bautismo y Confirmación, somos enviados como seguidores de Jesús a ser la luz del amor de Dios para el mundo. Somos llamados a hacer un don de nuestras vidas, a ser “oblatos” en nuestras familias, en los estudios, en el trabajo, cuando practicamos deporte y en nuestras relaciones. Jesús nos lo mostró bien cuando lavó los pies de sus discípulos como gesto de servicio y humildad. Tal es el sentido de ser “oblato”.

Los jóvenes mártires de España nos enseñan que nuestra vida tiene su significado más hondo y último cuando vivimos para los demás y hacemos de nuestra vida un don, una ofrenda, una oblación.

Al experimentar la comunión de los santos en esta tierra bañada por la sangre de estos 22 jóvenes oblatos españoles, que el Espíritu Santo fortalezca nuestros corazones para que, como jóvenes católicos, testimoniemos también nuestra fe en Jesucristo con espíritu de oración, amor, perdón y alegría, haciendo de nuestras vidas una oblación a Dios.

Que Dios les bendiga. Gracias.

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Las referencias de las páginas están tomadas de la publicación “MÁRTIRES OBLATOS” de Joaquín Martínez Vega, O.M.I. , Postulador General, Roma.

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