Hace unos años, un amigo mío hizo a su novia una propuesta de matrimonio, muy diferente del estilo de Hollywood: Este amigo tenía entonces unos cuarenta y tantos años y había sufrido un buen número de desengaños decepcionantes, algunos de los cuales, según él mismo reconocía, eran culpa suya: resultado de sentimientos cambiantes de forma imprevista, por su parte. Ahora, a los cuarenta (a mitad de la vida ya), luchando para no desilusionarse ni volverse cínico acerca del amor y del romanticismo, se encontró con una mujer a la que respetaba profundamente, admiraba enormemente y por la que sentía que le gustaría construir una vida juntos. Pero, inseguro de sí mismo, fue humilde en su propuesta.

Ésta fue, en resumen, su propuesta: Querría pedirte que aceptaras unirte en matrimonio conmigo, pero necesito poner mis cartas sobre la mesa: No pretendo comprender qué significa amar. Hubo un tiempo en mi vida cuando pensé que comprendía ese significado, pero he visto cómo cambian mis propios sentimientos y los sentimientos de otros, con demasiada frecuencia y de muchas maneras. Esto me ha hecho perder mi confianza en mi propia comprensión del amor. Así pues, te voy a ser honesto: No puedo prometerte que estaré siempre enamorado de ti. Pero quiero prometerte que seré siempre fiel, que te trataré siempre con respeto, que haré todo lo que pueda para estar ahí siempre para ti, para ayudarte a conseguir tus propios sueños, y que siempre seré compañero honesto al tratar de construir nuestra vida juntos. No puedo garantizarte lo que sentiré siempre por ti, pero puedo prometerte que no te voy a traicionar siéndote infiel.

No es este precisamente el tipo de propuesta matrimonial que vemos en las películas y novelas románticas, basadas, tal como son, en la creencia ingenua de que la pasión y la excitación que inicialmente experimentamos cuando nos enamoramos permanecerán así para siempre. Pero ésta es una propuesta madura, que no promete ingenuamente algo que sea imposible cumplir.

Pero esto, además de orientarnos hacia una comprensión más madura del amor, poyecta también una rica imagen de la fe y cómo ésta funciona en nuestra vida. La fe también, en definitiva, consiste más en la fidelidad en la acción que en el fervor de nuestros sentimientos. Permitidme un ejemplo:

Cuando era yo seminarista, un condiscípulo mío fue un verano a hacer un retiro de 30 días. Su propósito era precisamente tratar de adquirir una fe más afectiva, una fe sentida con fervor y que se filtrase cálidamente por su corazón. Durante el retiro “padeció” lo que él describió como una fe “estoica”, un sentido visceral de la realidad de Dios y del amor, pero que no se tradujo mayormente en algún sentimiento cálido de seguridad sobre la existencia y el amor de Dios. Él mismo reconoció que le faltó afectividad, fuego, emoción y calor con respecto a su fe. ¡Y pensar que fue al retiro precisamente en busca de eso!

Mi amigo regresó del retiro estoico todavía, pero cambiado, sin embargo: “Nunca logré lo que buscaba”, dijo, “pero conseguí algo diferente. ¡Aprendí a aceptar que mi fe quizás tenga que ser siempre estoica, pero también aprendí que así vale, que así está bien! No tengo necesariamente que sentir calor y sentimientos imaginativos acerca de mi fe. No necesito sentirme rebosante de pasión y de fuego. Solamente necesito mantenerme fiel en mis acciones, para no traicionar aquello en lo que creo. Así pues, la fe para mí significa que debo vivir mi vida en caridad, respeto, paciencia, castidad y generosidad hacia los demás. Lo que necesito es hacerlo; no necesito sentirlo”.

Con demasiada facilidad la gente identifica fe y amor con sentimientos cálidos, pasión, fervor, afectividad y fuego romántico. Y esos sentimientos forman parte del misterio, parte que ciertamente tenemos que abrazar y gozar. Pero, por maravillosos que puedan ser estos sentimientos, son, como nos muestra la experiencia, frágiles y efímeros. Nuestro mundo personal puede cambiar en quince segundos, ya que en ese tan breve espacio de tiempo podemos enamorarnos o desencantarnos. Los sentimientos apasionados y románticos forman parte del amor y de la fe, pero no son la parte más profunda, ni la parte con suficiente control emocional.

Por lo tanto, por poco romántico que parezca, me gusta este enfoque estoico expresado en la propuesta matrimonial de mi amigo, especialmente al aplicarlo a la fe. Para algunos de nosotros, la fe nunca será, excepto durante breves períodos de tiempo, algo que dispara nuestras emociones y nos colma de fuego abrasador. Todos hemos experimentado ya lo efímero y fugaz que puede ser ese fuego del fervor…

Por consiguiente, como mi amigo de fe estoica, algunos de nosotros tal vez tengamos que conformarnos con una fe que le dice a Dios, a los otros y a nosotros mismos: No puedo garantizar cómo me sentiré en un día dado. No puedo prometer que experimentaré siempre pasión emocional o gran fervor con respecto a mi fe, pero puedo prometer que siempre seré fiel, que obraré siempre con respeto y que haré todo lo que pueda, hasta donde me lo permita mi debilidad humana, para colaborar a la causa de los otros y a la de Dios en este mundo. ¡No puedo garantizar cómo me sentiré siempre, permanentemente, pero puedo vivir con la firme determinación de no traicionar aquello en lo que creo!

Con eso basta. Ése es un credo suficiente.

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