EL ROSTRO VIVO DE CRISTO JESÚS

Primera verdad de todo ser humano: “Dios me ama desde antes que hubiera mundo”. ¡Y de qué manera lo hace!
Creo, personalmente, que esta misión la voy a llevar por siempre en mi corazón. ¿Por qué? Porque en cada cosita, por pequeña que sea, vi reflejado el rostro de Cristo Jesús.
Primero, en cada: “Buen día, ¿Cómo dormiste?” cuando llegábamos al comedor por la mañana tempranito y comenzábamos el día con un hermoso abrazo. ¡Cuánto amor que me dio cada uno!
Segundo, en cada oración que realizábamos en la capilla. “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. ¡Y cómo no se iba a hacer presente! Si nosotros estábamos ahí con Él, para Él y por Él. Lo encontré en cada canto que hicimos, en cada Padrenuestro en el que nos tomábamos de las manos, en cada sonrisa, y por qué no, en cada silencio y en cada lágrima.
Tercero, en la visita a mi querido Guayabito. ¡Qué felicidad volver! ¡Cuántos recuerdos! ¡Cuánta presencia de Cristo! En cada familia, en la sonrisa de cada pequeñito, en sus abrazos al llegar al barrio, en su compartir, en el simple hecho de recibirnos.
(Una mañana nos sucedió una cosita que vale la pena recordar: nos dirigimos al basural; allí nos encontramos con José Benítez, un papá que nos había recibido en su casa el año anterior. Nos recordó. Nos comentó que estaba trabajando y que si podíamos ir a visitarlo a su casa en el correr de dos horas. Así fue. A las dos horas nos encontrábamos juntos, en su casa. Ese momento, cambiamos nuestro rol. Pasamos de ser misioneros a ser misionados. Ese papá de familia nos contó, que hacía unos meses ya, había sufrido la pérdida de uno de sus pequeños, con capacidades especiales. Me emocioné hasta las lágrimas, al igual que algunos de mis compañeros. Allí, estaba Cristo. En ese amor de papá que siguió adelante, que pudo sobrellevar la situación con su mujer, Santa Mónica, y sus otros 3 pequeños; que supo aferrarse a Jesús y que siguió en la lucha. Nos enseñó mucho en ese ratito. Él siguió y sigue a pesar de la pérdida de “ese montoncito de oro”).
Cuarto, en cada Santo Rosario que realizamos frente a Nuestra Señora de Guadalupe; en cada sorprendente compañía de los niños y en la cálida compañía de sus mamás.
(Otro hecho a recordar: poder observar cada día, cómo los niños nos esperaban en la grutita unos cuántos minutos antes de la hora pactada, y poder ver el entusiasmo con el que participaban en la oración. Algunos no sabían rezar, pero estaban tan atentos al contar pelotitas, que te emocionaban muchísimo. En ellos se veía francamente el rostro de Jesús).
Quinto, en cada adoración a Cristo. Personalmente afirmo que fue maravilloso, me emocioné constantemente. Lo encontré en cada uno de mis compañeros…
Por último, en cada hermano que Cristo me regaló. En cada una de sus sonrisas, en cada abrazo “juerte juerte”, en cada palabra, en su compañía, en su: “que descanses”…
Segunda verdad: “Soy un elegido para la vida”. Para esta vida, que es hermosa y que le agradezco tanto a nuestro Señor. ¡Porque tengo una familia maravillosa, unas amigas que valen oro, un grupo hermoso que me acompaña en el caminar de Cristo y unos hermanos del corazón como Belén, Gabriel y Alan, que no puedo pedir más!
Misioneros: sigan fieles y seguidores a Jesús y a nuestra mamá María como lo hicieron en esos diez días. ¡Que no decaiga el Espíritu misionero! ¡Son luz chicos! Cada uno tiene un ser maravilloso y tiene un amor por Cristo infinito; sigan renovándose en Él… Unidos en cada Eucaristía. Dios los bendiga. Alabado sea Jesucristo. ¡Y María Inmaculada!
Daiana Cervigni (Wenceslao Escalante-Córdoba-Argentina)

1 comentarios:

Norma Aguilares- Tucuman dijo...

Me llenó de satisfacción leer tu testimonio en la misión de San Jose Feliciano,se acerco a mi corazón nostalgia de una misión que hice en atamisqui junto a los oblatos, son maravilloso trabajar con ello, hoy no misiono, pero lo hago en mi vida familiar y profesional. sigue adelante, y cuando Jesús se mete en nuestra vida no se va, no te deja. Tu testimonio me sirvió y tratar de seguir adelante. Alabado sea Jesucristo y María inmaculada. Norma Aguilares Tucumán

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